Conociendo el Taller Técnico del Archivo Central Andrés Bello



Jueves, 4 de julio de 2019



Por Javiera Barrientos, investigadora del libro

El Taller Técnico, heredero del antiguo Taller de Encuadernación e Imprenta, funciona hoy en el subterráneo del Archivo Central Andrés Bello y cuenta con maquinaria y herramientas históricas para la impresión tipográfica y la encuadernación semi-industrial que lo transforman en uno de los pocos espacios de estas características en Chile. Imprentas manuales Hidelberg, guillotinas Krause, chibaletes tipográficos, cosedoras Brehmer, prensas y pestañeras de encuadernación conviven con la Unidad Gráfica y Digital como testimonio de la actual relación entre tecnologías análogas y digitales. 


Hoy, a cargo del encuadernador Cristián Castro, el Taller Técnico tiene como tarea confeccionar contenedores de conservación necesarios para el depósito adecuado de las colecciones patrimoniales de AB, como sobres, carpetas y cajas de conservación; así como trabajos independientes para otras áreas de la Universidad e instituciones externas. También ha incorporado la creación de soportes museográficos para muestras y exposiciones. Este espacio, a la vez archivo de la producción gráfica de la Universidad de Chile, busca rescatar y revalorizar oficios y prácticas de reproducción y confección como la encuadernación manual y las artes impresas.


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La investigadora del libro, Javiera Barrientos, entrevistó al Sr. Castro en su lugar de trabajo y a continuación compartimos con ustedes esa conversación:


Transcripción Entrevista de Javiera Barrientos a Cristián Castro

Taller de encuadernación 


¿Cuándo llegó usted y cómo era el taller en ese tiempo? 

Yo llevo aquí 24 años, voy a cumplir 24 años. Por casualidades de la vida.

 

¿Qué edad tenía? 

Debo haber tenido 24 años. Y llegué a atención de público a trabajar en la sala de lectura. Aprendí un poco de cómo guardar los libros y la documentación que también tiene un orden muy puntual en cada espacio del Archivo. Había que conocer un poco de catalogación para saber qué significaba el número del marbete. Un tiempo después, el jefe de acá del Taller de encuadernación…


¿Cómo se llamaba? 

Juan Vega. Él se iba a jubilar entonces me pidió si yo quería aprender el tema de la encuadernación y si quería venirme al taller. A mi obviamente me gustó la idea porque siempre me gustó trabajar con las manos y siempre he creído que tengo habilidades con mis manos. Y veía que este era un trabajo totalmente artesanal, a pesar que todos los encuadernadores, prensistas, doradores, tipógrafos venían de la Escuela de Artes Gráficas en ese tiempo. La encuadernación era un oficio y cada uno se especializaba en encuadernación, dorado, coser el libro a mano, a máquina.


¿Cuántas personas trabajaban aquí en ese tiempo? 

Trabajaban cinco personas. 


¿Cada una cumplía una función específica? 

Exacto. Había un cosedor de libros—este taller de encuadernación se pensó para restaurar los libros de la Biblioteca Central, como se llamaba antiguamente, y todos los libros que se reparaban y se reencuadernaban salían de acá. Por eso te comentaba que las reencuadernaciones que hacíamos de los libros no tenían que ver con una colección en específico. Si traíamos mucho jaspe de un color había que sacarle provecho, no había un color por colección. El libro llegaba al jefe de taller, luego pasaba al Jorge que desarmaba el libro, después pasaba a Ramón que cortaba los libros, los limpiaba, si había que estandarizarlos para simplificar el trabajo lo hacía, después se pasaba al encuadernador que era Juan Vega y a mí, que en esa época lo estaba ayudando, y finalmente al dorador. Se terminaba el libro con el dorado y luego volvía a la sala de lectura, volvían a ponerle sus marbetes y se iban al Fondo General o volvían a cada sala de cada colección. Ese era el trabajo de acá. Fuera de todo lo que se hacía con las tarjetas de visita, las invitaciones, que todo se entregaba por mano, las invitaciones a las actividades organizadas por la universidad se mandaban a hacer a las imprentas tipográficas de acá. No existía la tecnología que existía ahora que mandan todo por correo. Antiguamente la rectoría tenía su gente de despacho, había una persona en un vehículo que salía a repartir las invitaciones a las facultades y los departamentos de la Universidad, a la Moneda, a todas partes donde se quisiera hacer llegar una invitación por mano. En esa época la Vicerrectoría de Extensión no existía, pero sí comunicaciones. Títulos y grado existía acá, también Jurídica. También se hacían tarjetas de visita, los diarios oficiales se encuadernaban mandados a hacer por la Rectoría, Pro-rectoría y Comunicaciones. Se utilizaban las prensas grandes porque era un tema encuadernar los diarios oficiales por su tamaño. 


¿Y en ese tiempo había taller de restauración? 

Sí había, pero funcionaba por proyecto. El laboratorio de creo en el tiempo en que estaba Antonia Rebolledo. Ahí se empezó a trabajar con proyectos de la Fundación Andes, la Fundación Neruda, la Biblioteca Nacional. La Fundación Neruda mandaba sus libros, acá se encuadernaban en cuero y se devolvían a la Fundación. Se ganaban proyectos Fondart. Se trabajaba bastante con las Facultades. Las bibliotecas mandaban a hacer sus propios libros acá al taller. Se trabajaba bastante con la Biblioteca Nacional, con el Archivo Nacional.

 

¿Cuál era el vínculo entre la Biblioteca Nacional y el taller de encuadernación? 

Se trabajaba mucho con la Sala Medina: cajas de conservación. Había un señor, Mario Monsalve, que mandaba muchos libros y se pedían muchas carpetas y cajas. Para el Archivo Nacional también se hacían cajas y carpetas de conservación. Pensando en cajas de conservación no tan elaboradas como las que se hacen acá hoy en día. Era el mismo formato, pero en esa época no se compraba papel libre de ácido, no se utilizaba PVA. Trabajábamos con lo que teníamos. A veces ellos escogían en color y lo estandarizaban de acuerdo a sus propias colecciones. También se trabajó para el Congreso, para La Moneda. Se hizo un libro para el Vaticano, muy bonito. 


¿Ah sí? Cuénteme de eso. 

Para el Vaticano, los dominicos tenían que entregarle un documento al papa y necesitaban una carpeta en cuero con el cuño de la orden. Eso se lo mandaron al papa. También vino un señor que tenía un libro que iba a llevar a Alemania a una exposición y antes de irse pidió que se lo restauraran. Era un libro grande en tamaño mercurio, en pergamino y escrito a mano. Estaba escrito en latín, un latín muy antiguo que, aunque vino un profesor, Carrasco creo que se llamaba, de la Facultad de Filosofía a ver el libro, no pudo descifrarlo. Decía que había cosas que no le cuadraban porque el latín que había era demasiado antiguo para lo que él sabía. 

No pudieron saber lo que era. 

Sí sabíamos que era un libro religioso. 


¿Y te acuerdas de qué tamaño?

Tamaño mercurio, como los diarios de ferrocarril. Cada pliego que tenía, cada inicio de hoja tenía una A dibujada a mano con dibujos. Luego terminaba ese pliego, empezaba la otra hoja y había una nueva letra ilustrada. Nos dimos cuenta que ya le habían robado un par de hojas y él no se había dado cuenta. Lo que hacían era que, con un bisturí, cortaban todo el pliegue y se metían la hoja en las mangas. Así se robaban las hojas de los libros. Calculamos que le habían sacado tres hojas ya. Se le hizo una restauración: se desarmó el libro, se restauró y se volvió a armar de nuevo con el mismo material que tenía y se le hizo una caja. 


¿Y en qué consistió esa restauración?

Desarmar el libro, costuras nuevas, hacer los cuadernillos nuevos. Hacer cuadernillos de pergamino que se compró especialmente para el trabajo. Se volvió a armar el documento de nuevo. Se restauraron todas las puntas resquebrajadas que tenía. Se activaron los cueros para que volviera a tener flexibilidad. Le preguntamos por el valor del libro y él dijo que no tenía precios. Que trató de asegurarlo y le dijeron que no había seguros para eso, que era un libro demasiado antiguo y por lo tanto no tenía valor. Para el bicentenario de Chile, la Municipalidad de Santiago nos pidió hacer un documento para guardar en la cúpula de la plaza de armas, que está enterrada. Eso lo pidieron en la rectoría. En ese tiempo cumplía 150 años la universidad y se trabajó con el tema de los sueños. Toda la información que se generó en torno a ese tema se guardó en una caja de conservación con todos los materiales nobles que tenemos acá, papeles libres de ácido, pegamento PVA. Los sobres iban con papeles libres de ácido. Pidieron 50 sobres de sueños de cada persona. Se hizo la caja, se entregó, se selló (porque tenía que ir sellada) y se entregó a la Municipalidad. Eso está guardado en la cúpula de la Plaza de Armas. 


Está buenísimo eso. 

Fue muy bonito ese trabajo.  En cien años más se va a volver a abrir. Recuerdo que había lápiz bic, un cassette, una máquina de afeitar, cosas de este tipo. ¿Otras cosas novedosas? Hemos trabajado mucho para La Moneda, cuando Frei viajaba, por ejemplo. Con respecto al taller, creo que algo importante es mantener el oficio. Lo que yo aprendí de los antiguos encuadernadores, el oficio que se practicaba en esa época, a pesar de no tener conocimiento en nada de lo que era un libro. Aprendí de buenos maestro, de buenas experiencias con ellos. Me gustaría que se activara como taller. Tenemos un taller maravilloso. No hay otro taller como este en Santiago o en Chile. La calidad de máquinas que tenemos. Podríamos hacer clases, porque tenemos los materiales, las máquinas y las herramientas. Es difícil encontrar una pestañera, los espacios, una guillotina, y eso lo tenemos. Los antiguos talleres lo tenían. Hoy es difícil armarse un taller con las máquinas que tenemos acá. Es importante reactivar el taller, buscarle un sentido. El oficio de un encuadernador es traspasar su experiencia. Lo que yo aprendí traspasarlo a las nuevas generaciones, si al final a mí me gustaría que no muriera el oficio, pero entregándole los conocimientos que yo aprendí. A pesar de que cuesta encontrar materiales nobles ahora, de buena calidad. Cueros de buena calidad, aprender el oficio de marmolear papel, trabajar con materiales nobles. 


¿Cuál es la diferencia que ves en la circulación de materiales en el taller hoy? ¿Cómo se articulaba la relación entre quienes suministraban los materiales y el Archivo? 

Es raro porque por una parte tienes más lugares de venta especializados en papeles, pegamento, pero a la vez ya no hay donde comprar cueros. No hay una buena curtiembre que se dedique a los cueros de encuadernación. Por una parte, se abre el abanico de los papeles y los materiales, pero también se cierra la parte de los cueros y pergaminos. Uno como encuadernador tiene que ser más busquilla. 


¿Con qué curtiembre trabajaban antes? 

Con Ezquerra. 


La última vez que fui a Ezquerra el cuero que encontré no estaba tan bueno.

Yo hablé con la gente allá y me contó que tuvieron que cerrar la curtiembre por los olores. Ahora importan el cuero, lo traen preparado y lo tiñen. 


Claro, ya no es curtiembre. 

Solo tienen una sala de venta. Traen los cueros, los planchan, los tiñen. Ya no pueden elaborar cueros por los olores. Ahora que se urbanizó esa zona ya no está permitido. 


Y cuando trabajaban en cuero acá en el taller, ¿rebajaban el cuero ustedes mismos o lo externalizaban?

No, nosotros mismos. Tenemos chaflas o chiflas, descarnadoras de cuero. Esas son herramientas que se heredan. Cuando se jubiló Juan Vega, el jefe de taller, él me regaló su lumbeta y su chifla. La lumbeta está arriba en el Hall principal. Antes llegaba gente con un saco a ofrecer lumbeta hechas del hueso pito que le llaman. Un encuadernador debiera tener unas tres o cuatro lumbetas dependiendo de para qué la va a ocupar. Todavía tengo las lumbetas de Juan Vega y siguen funcionando como el día que me las regaló. Antes se hacía mucho trabajo en cuero. Todas las cosas que están en la Sala Chile, Sala Americana, la Sala Neruda, la mayoría de los libros reencuadernados en cuero salieron de acá. 


¿Podríamos profundizar en cada uno de los oficios que se reunían en el taller?  

Aparte del Taller de encuadernación estaba el Taller de tipografía. Estaba Ramón Díaz, tipógrafo y prensista, a pesar de que había tipógrafos y prensistas por separado. Había unas 18 personas trabajando acá, en el Taller de tipografía trabajaban dos prensistas y dos tipógrafos. Luego los dos cosedores, un cortador que usaba la guillotina, encuadernadores, dos doradores. A la guillotina de acá se le mandó a colocar un motor para acelerar los procesos y luego se volvió a comprar otra guillotina. Imagínate la cantidad de trabajo que había que hubo que comprar otra guillotina. Sería interesante poder recuperar la tipografía de la Universidad, la que ahora está en Sala Museo, porque toda esa información se va a perder. Hay que hablar con Ramón para que se encargue de restaurar la colección y devolverla a su estado original. Ahora él está trabajando como vigilante en el MAC de Bellas Artes. Cuando yo llegué acá estaba don Humberto Giannini, luego llegó Darío Osses, después Manuel Dannemann y Sonia Montecinos. Ella quería desarmar el taller y llevárselo a la Quinta Normal. Los maestros que había en ese momento no fueron capaces de desarmar este taller, por eso no se fue. 


¿No fueron capaces en el sentido afectivo o en el sentido práctico?

La dirección decía que el taller no era rentable. Pero nunca se pensó en tener un taller rentable. Siempre se pensó el taller como parte del proceso de restauración de los libros que se tenían en la Biblioteca Central. Nunca se habló del taller como algo que tenía que generar ingresos. Obviamente llegaban trabajos de afuera que se hacían y traían ingresos, pero no era la lógica de trabajo del taller. De los cuatro que quedábamos aquí en ese momento—Ramón Díaz, tipógrafo; Jorge Valenzuela, encuadernador; Héctor Maulén, dorador y yo, encuadernador—solamente quedé yo. Fue un periodo complicado. Yo llegué acá con la vieja escuela de las artes y oficios; ahora veo un cambio generacional de gente jóvenes que se interesa por estas cosas, por los avances y por la historia del Archivo. Durante mucho tiempo fue difícil convencer a la gente a que se adaptara a los computadores, una persona que toda su vida ingresó información con máquina de escribir, pasarle un computador podía ser complicado. Yo le decía a Ramón que trajéramos computadores y Ramón decía que para qué, que no lo necesitábamos.  Esos cambios se notaron fuerte. Ahora sin un computador no se puede trabajar. 


Acá se ve de modo muy tangible la tensión entre las tecnologías análogas y las digitales. 

A pesar de que las máquinas son muy antiguas, funcionan a la perfección. Hay que aprovechar de sacarles el máximo rendimiento porque no se encuentran en cualquier parte. Es importante mantener las colecciones tipográficas completas.


Es parte de la historia material de la Universidad…

Va a costar mucho recuperar estas cosas. Los tipos móviles se botaban porque se van picando, se desgastan. Cada casillero traía el abecedario completo y eso sería interesante recuperarlo, porque está dentro de la historia de la Universidad, está dentro de la historia del Archivo. La Facultad de Arte hizo un proyecto sobre tipografía, pero imprimieron sus propios clichés. Esta máquina funciona a presión aire-tinta, sacaba un tiraje de 5.000 hojas diarias. ¿Cómo recuperar esta información? Otro tema que se ha perdido es el dorado, el tipo de folia que encuentras para los cueros: folias para cuero, papel, tela, vinilo. Cuesta encontrarlas. Uno va rescatando esos materiales de los talleres de los encuadernadores de antaño que fallecen y cuyos talleres se ponen a la venta, como Santiago Garrido. Así he encontrado bronces, tiralíneas, folias. No quiero soltar el oficio de la encuadernación porque creo que debieran haber más encuadernadores. 


Y ¿qué pasa con el taller hoy?

Hemos ido rescatando material para hacer pequeños tacos, libretas. Hacemos impresión con el área de fotografía, libretas para regalar. Reciclamos documentación y material para actualizar un poco la imagen del archivo junto a la Unidad Gráfica Digital. Ahora tenemos máquinas para despuntar y corchetera eléctrica. Acá podría hacerse un diplomado en encuadernación, aprenderían a hacer libros y cajas de encuadernación de excelente calidad. Acá se puede trabajar a la usanza antigua. 


¿Los telares y otras herramientas se hacían acá en Chile o se mandaban a comprar al extranjero?

Se hacían acá, antiguamente había buenos torneros y se hacían acá. Hoy no se encuentran torneros que hagan hilo interior y exterior. 


¿Acá tienen tipografía de dorado?

No, se usaban las tipografías de impresión. El dorador era muy bueno, pero igual se van reventando las letras, porque no están pensadas para funcionar con calor como las de encuadernación. Hacíamos un buen equipo. Los rectores venían mucho a ver cómo se trabajaba, era un taller que funcionaba, tenías mesones llenos de libros. El jefe de taller no se movía de su oficina. Luego ciertos espacios del archivo fueron desapareciendo, la portería, por ejemplo, fueron cumpliendo su ciclo: revista, fotografía, el taller. Y ahora se empieza a pensar cómo volverlos a la vida. 



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